En Ecuador, solo el 32,9% de los jóvenes de entre 18 y 29 años cuenta con empleo adecuado o pleno, según datos de la Cámara de Comercio de Quito correspondientes a enero de 2026. Esto significa que más de 1,35 millones de personas de la Población Económicamente Activa juvenil —el 67% del total— se encuentra desempleada o en la informalidad.
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El problema tiene raíz en una brecha estructural: los jóvenes eligen carreras guiados por factores como la influencia familiar, las redes sociales o el atractivo social de ciertas profesiones, y no por datos reales del mercado laboral. Psicología, Derecho, Comunicación y Administración concentran la mayor demanda estudiantil, mientras áreas como técnicos industriales, logística, programación, agroindustria y mantenimiento técnico registran escasez de profesionales pese a la alta demanda del sector productivo.
A esto se suma que solo el 17% de los estudiantes recibe orientación vocacional formal y efectiva, según el Foro Económico Mundial. Las instituciones educativas, además, carecen de información actualizada sobre salarios y habilidades emergentes. La inteligencia artificial, señalada como factor clave para el futuro del trabajo, tampoco forma parte de esa orientación.
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El acceso a experiencia práctica es otro obstáculo: el 45% de los jóvenes no logra su primer empleo por falta de experiencia, y las pasantías en sectores estratégicos son escasas.
Las consecuencias se traducen en menor productividad, mayor informalidad, emigración de talento calificado y estancamiento industrial. El economista Andrés Rodríguez señaló que los empleos de entrada —los que ocupan los jóvenes— son los más expuestos a la automatización, lo que agrava aún más el panorama.
Organismos internacionales y expertos coinciden en que la solución pasa por adelantar la orientación vocacional, alinear la oferta académica con los sectores productivos, incorporar alfabetización digital desde la educación media y ampliar los programas de pasantías con participación del sector privado.

